Antes de abrir el tarro de pintura, el muro tiene que estar limpio, firme y parejo. Saltarse esta etapa es la causa más común de terminaciones con manchas, descascaramientos y colores disparejos. Dedícale el tiempo que merece: lo haces una vez, y lo haces bien.
1. Revisa el estado de la superficie
Pasa la mano por el muro. Si suelta polvo, la pintura anterior está pulverizada y necesita sellador. Si hay zonas abombadas o que suenan huecas al golpearlas suavemente, hay que retirarlas hasta llegar a material firme.
2. Limpia y desengrasa
En cocinas y baños se acumula grasa invisible que impide la adherencia. Lava con agua y detergente neutro, enjuaga y deja secar por completo antes de seguir. La humedad atrapada bajo la pintura reaparece como ampollas semanas después.
3. Empasta, lija y sella
Rellena grietas finas con pasta muro, deja secar según indique el envase y lija con grano fino hasta que la reparación desaparezca al tacto. Retira el polvo del lijado con un paño apenas húmedo y aplica sellador para uniformar la absorción.
Recién ahí el muro está listo. La primera mano de pintura debería verse pareja y sin zonas que “chupen” más que otras; si eso pasa, faltó sellador.